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sábado, 19 de abril de 2014

El político es tolerado, pero no el ladrón común

La aceptación de la gente de los políticos y sus decisiones (entendiendo a estos en su forma más baja y común) mientras que no la de los ladrones de poca monta, es inversamente proporcional al nivel de ignorancia de los individuos de una sociedad dada.

Los políticos, con sus decisiones, logran que las personas bajo su administración vivan mejor o peor, en casi todos los órdenes de la vida determinados por la economía y las interacciones sociales.

Hacen que ganen o pierdan poder adquisitivo (determinan inflación, convenios laborales poco exigentes, etc.) o directamente dinero (determinan impuestos, costos de trámites, requisitos burocráticos, etc.), que se enfermen más o menos (en sus manos está la cantidad de contaminación emitida por la industria, el dinero puesto a los servicios de salud, etc.) y un sinnúmero de otras calamidades estipuladas por eso que tiene a bien llamarse "presupuesto", donde las cifras se cuentan millones, y que si se repartiera entre cada uno de los ciudadanos, seguramente resolvería los problemas económicos de la mayoría por una larga cantidad de años, incluso por el resto de sus vidas. Solamente hace falta ver uno de esos carteles donde se informa del costo de una obra de construcción pública con cifras siderales para saber a lo que me refiero.

Sin embargo, la gente tolera más al político que al ladrón común, al chorro, al ratero, al arrebatador, al punga, al caco, al chorizo...se lo odia en el momento mucho más que a cualquier otro funcionario, pese a que el daño que nos hace es puntual e insignificante comparado con el perjuicio que trae al mismo ciudadano un político hispanoamericano promedio (por mencionar un caso paradigmático). ¿Por qué sucede esto?

La respuesta, a mi entender, podría resumirse en el refrán que dice "Ojos que no ven, corazón que no siente".

El político, primero que nada, es un ser distante: una celebridad televisiva la mayoría de las veces. Otras está allá lejos, inalcanzable, en un púlpito o, en el mejor de los casos, pasando y tocándole la cabeza a un niños para darle su "bendición", como si formara parte de algún tipo de jerarquía clerical de una religión inconfesada.

A tenemos que sumar que, cuanto más distancia halla entre una causa y su consecuencia, menos evidente será relacionar la primera con la segunda.

Es decir, si la consecuencia es un problema económico y la causa es, digamos, la inflación, cuanto mayor sea la ignorancia de la gente que la sufra, menor será la cantidad de gente que se de cuenta de la verdadera causa de la inflación. Es decir, menos relacionarán la "distorsión de precios" con el accionar de los funcionarios públicos en el ejercicio del poder (es decir, políticos oficialistas) y el resto de los políticos que se pelean entre sí por el poder que en ese momento no ostentan. Por cierto, no todos sabemos suficiente de economía como para entender perfectamente el fenómeno inflacionario que puse como ejemplo. Pero de ahí a creer lo que dice un político promedio latinoamericano (que nunca admitirá una culpa) hay una gran distancia medida por lo que se denomina "ignorancia".

Si la consecuencia (por poner otro ejemplo) es la marginalidad, y los marginales salen a robar, la gente ignorante pedirá el castigo inmediato del ladrón, pedirá "justicia" (venganza) pedirá "seguridad". Raramente pedirá el cambio de las políticas que hacen que exista esta marginalidad. La gente pedirá incluso el linchamiento del ladrón en casos extremos, pero pocas veces (como en 2001 en Argentina) se llega a estar cerca de pedir el linchamiento de los político y que "se vayan todos".

¿Es un estado superador social del "que se vayan todos" el tolerar a los políticos y su corrupción como un mal imposible de erradicar? Dejo ahí picando la pregunta.

Ahora, algo es innegable: robar sin que se den cuenta, hace que el "corazón no sienta" ya que "los ojos no ven". El ladrón común te perjudica sin lugar a dudas y de forma evidente, por eso el castigo se pide en caliente y sin vacilar.

El político, en cambio, te roba con mecanismos mucho mas sutiles, te desangra sin que te des cuenta y, al mismo tiempo, se pone como el potencial salvador de aquellos que te roban de frente. El político te da plata con una mano, de forma evidente, y te la saca con la otra, sin que la veas, te la saca degradando tu sociedad, degradando el valor de tu dinero, incluso el valor de tu vida. Identificar al político en su acción hipócrita y ladrona es difícil, y auqeu se lo haga, recopilar pruebas y pedir su castigo implica un peregrinaje judicial que raramente culmina con éxito en países donde este es el tipo de político promedio y que, por definición, son corruptos a todos los niveles.

Y no ve vengan con que la política es un arte, una ciencia, que debe se renovado, que hay que volver a ganar la confianza del ciudadano y blablabla... Sin duda todo es posible...en teoría. Hay países en los que sus ciudadanos tienen a raya a los políticos. Pero no estoy hablando aquí de lo que escribía Aristóteles, de la alta política, ni de que todos podemos hacer política y una vez más blablabla. Estoy hablando del funcionario público potencial o en ejercicio de sus funciones que se dedica a ganar poder y dinero para él o para otros, pero lo pinta como si su función es la de representar al ciudadano, cuando es su principal parásito. ¿Piensan ustedes que un parásito los liberará de otro parásito? No señores, debe hacerlo el ciudadano común, no más de lo mismo, por muy buenas intenciones que tenga el parásito opositor.

Y esto es así porque el político idealista que no persigue el ideal del poder y del dinero no tiene cabida entre el político común, y tarde o temprano es destruido por las acciones directas o indirectas de sus propios colegas de profesión, burócratas ayudados por la escoria más baja de los profesionales llamados "abogados". Dicho sea de paso, nótese que cuanto más corrupción hay en el estamento político de una sociedad, más de sus políticos suelen ser abogados, o viceversa...qué casualidad, ¿no?

El político, hasta que se pruebe lo contrario, hipócrita y ladrón, por definición. Esta es la sentencia que no hay que olvidar, y la que hará que en un estado de permanente desconfianza quizás limitemos un poco a estos buitres. Así quizás llegue un día en que el ladrón común sea más tolerado que el político común. O incluso un día en el que ladrón y político ya no sean sinónimos.

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